
Graciela Silvestri
abril de 2005
En el comedor diario de mi casa instalé, hace años, un panel de corcho para pinchar fotos, postales, listas de compras, el téléfono del delivery. El panel era un guiño de moda cuando tenía 17 años, ingresaba a Arquitectura e intentaba convencer a mi padre de que la casita que él erigía con mi tío el “constructor italiano” no cumplía con los principios funcionales del Movimiento Moderno. El panel cuenta una historia en fotos de infancia; la reune con el cumpleaños de anteayer; tiene su colección estable y su recambio circunstancial. Parece un museo fin-de-milenio, incluso por lo aleatorio: la aspiración de que permanezca cada acontecimiento feliz.
La museificación de la cultura contemporánea paisajes naturales, centros urbanos, tribus en desaparición también alberga el sueño del museo propio. Mi panel podría ser expuesto, como prueban muchas exposiciones temporales, con retoques de diseño. Nuestra sociedad hace un culto del pasado al mismo tiempo que los soportes digitales, de escasa permanencia, amenazan con una era de total olvido. El presente se ha achicado entre un pasado en expansión todo se convierte en pieza de museo- y un futuro descargado de valor normativo, de esperanza de cambio, modelado imaginariamente por una tecnología que suponemos “impersonal” porque no dominamos un futuro temible. Es que exceso de memoria no significa conciencia histórica: apenas podemos reconocer esta transfomación violenta de la temporalidad. Para procesar el pasado, son necesarias formas consensuadas, críticas, públicas, de la memoria colectiva.
La ciudad material constituye una pieza clave en una política de memoria consensuada. Tal como la conocíamos, la ciudad era “una especie de recuerdo organizado”: el remedio griego, dice Arendt, para la fragilidad de los asuntos humanos. Esa “ciudad” se ha transformado profundamente pero existe, sin duda, su legado material.
Un ejemplo: Buenos Aires. Conglomerado de fragmentos con escasa interrelación, quedan sin embargo como testimonios de un mundo más mezclado, en el que el ascenso social era posible, las calles rectas de fachadas alineadas, las casas de los constructores italianos, hasta el viejo el sistema sanitario que los higienistas insistieron en extender obviando ghetos. Así, no es sólo nostalgia el mantener protegidos algunos cafés clásicos de Buenos Aires, como recientemente hizo el gobierno de la ciudad. La modesta acción puede convertirse en una política activa orientada a no perder una de las características más amables de la ciudad: lugares públicos que alentaban largas conversaciones, que trataban desde el conflicto amoroso a la película de Bergmann. El espacio público que la conversación cimenta es distinto al espacio de la comunicación. Es expresión personal y relación de cuerpos, en lugares con escalas, olores y sabores precisos. La oportunidad de reunirse en un café como alternativa a comer pochoclo en la barra de un multicine o chatear puede enriquecer la experiencia cotidiana, hacer la diferencia entre un espacio anónimo y un lugar. La memoria se convierte en productiva: discierne entre pasados y pasados, supone alternativas en el futuro que se anclan en experiencias aún vivas.
La arquitectura de estos ámbitos permite acceder a una comprensión de las vivencias que ni la palabra escrita ni la imagen bidimensional otorgan. Y, como disciplina específica, abreva de la aspiración común de construir un lugar en el espacio anónimo del mundo. Después de décadas en las que osciló entre la cita histórica y el entusiasmo por el futuro tecnológico, puede afirmarse que los términos en que comprendamos el pasado pueden hacer la diferencia en la emergencia de lo nuevo, que tan obsesivamente continúa buscándose. No me refiero a lo novedoso, sino a aquella inflexión intempestiva que escapa de las lógicas habituales y que el alto modernismo no ha logrado ofrecer. Sin recuerdo del conflictivo camino trazado durante el siglo XX, dificilmente logremos otra cosa que un déjà vu. (No deja de sorprenderme el éxito actual de tendencias como el “programismo”, la flexibilidad y el crecimiento celular, la imaginería tecnológica, tópicos que abracé y critiqué desde mi ingreso a la Facultad).
De las mútliples dimensiones que el tema de la memoria convoca, no dejo afuera las particularidades de nuestra historia: el ámbito político de la memoria sigue siendo local. Bien lo sabemos los argentinos: para quienes tenemos más de 50 años, la memoria nacional se entremezcla con la vida privada. En el mejor momento de la juventud, nuestra experiencia fue trágica y, en la mayoría de los casos, nada heroica. Ninguna edad de oro nos convoca: sólo el amor y el espanto. Esto es también memoria.
En el panel de corcho enchinché una foto que un amigo arquitecto, exilado hace años en España, obtuvo en 1974. Estoy charlando con dos compañeras, sobre un fondo de cartel político. Mi amigo escribió al pie: ¡qué épocas, querida camarada!. La palabra camarada no mantuvo su vigencia. Aquellos carteles políticos improvisados son hoy ejemplos de design. El comedor diario fue renominado como ámbito de múltiples usos. Los olores de la cocina de mi abuelo, chef autodidacta, fueron reciclados por la moda de cocinas regionales. Continúan los paneles para pegar fotografías, pero mi hija, que estudia arquitectura, sugiere cambiar el corcho por una placa metálica, las chinches por imanes.
Muchas cosas cambiaron, pero no se alteró la necesidad de construir, en un mundo anónimo, una historia propia, a través de un orden no por provisorio menos significativo. Tampoco ha cambiado la aspiración de encontrar formas nuevas para las más viejas aspiraciones humanas, como la de conjurar lo efímero de nuestras vidas. Quienes buscan lo nuevo, finalmente, también buscan permanecer.